LAS CINQUE TERRE

A 170 Km de Florencia se encuentra “Cinque Terre”, un Parque Natural de la riviera italiana en la que cinco encantadores pueblecitos asentados en las laderas de los acantilados, asoman al mar de Liguria. Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso al Mare, forman parte de este Parque Nacional, que acapara el encanto de tiempos pasados y nos deja imágenes de postal. Un área de 10 Kilómetros de costa escarpada perteneciente provincia de La Spezia que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

UNO DE LOS TESOROS MEJOR GUARDADOS DE ITALIA

Por Nuria Araguás y A.B.S

El Parque Nacional de las “Cinque Terre”, la forman el conjunto de cinco localidades: Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso. Ubicadas en una zona aislada por una cadena de montes, antaño constituyeron un lugar perfecto para resguardarse de invasores y piratas, ya que la entrada por mar tampoco dispone de grandes ensenadas. Quizá por este motivo se ha preservado su autenticidad y el modo de vida de sus habitantes.

Estos pueblos de pescadores de casas color pastel, se insertan en los escarpados de una costa que está protegida, y por tanto, llena de vida. La peculiaridad de estos pueblecitos es que desarrollan una particular técnica agrícola aprovechando el terreno montañoso que desciende al mar. Cultivan en franjas de tierra labrada en forma escalonada donde crecen las viñas, que producen el magnífico vino de esta tierra.

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Corniglia

Caracterizados por sus enclaves naturales en promontorios rocosos se hallan bañados por el mar de Luguria. Las características urbanas y arquitectónicas son muy particulares, las casas están edificadas sobre peñascos en las pendientes que se precipitan al mar. Las calles son en su mayoría empedradas y bastante empinadas, con escalones a veces muy peliagudos. Hace unos años, eran tierras aisladas y no eran muy conocidas por el sector turístico. Hoy en día tienen bastante afluencia de visitantes, aunque existen muchos rincones todavía solitarios por explorar. Para conocerlos, lo mejor es caminar si rumbo por sus angostos callejones y sus escalinatas sin fin.

Los cinco pueblos son todos peatonales, limitándose el tráfico de vehículos y motocicletas. La forma más cómoda de trasladarse por las Cinque Terre es el tren, que a modo de metro, conecta las estaciones y enlaza con La Spezia, capital de la provincia. Con la compra de la Cinque Terre Card se obtiene el uso ilimitado de los trenes regionales, el transporte por todo el Parque y la entrada a varios museos. En las oficinas de Información turística situadas en las estaciones de La Spezia, Riommagiore y Manarola se puede adquirir esta tarjeta, además de proporcionarnos toda la información sobre el Parque. Otro medio de transporte, si el tiempo acompaña, es en ferry, y por supuesto también se pueden alquilar barcos privados.

El Parque Nacional “Cinque Terre” es el paraíso para los amantes del trekking o de la bici de montaña que ofrece multitud de senderos que enlazan las villas y lo exploran casi todo, dejándonos bonitas imágenes desde diferentes emplazamientos. Uno de los tramos más famosos es la llamada “Via del Amor”,  un sendero romántico de 1 Km que une Riomaggiore y Manarola, situado al borde de un acantilado. En las distintas oficinas de información nos indican el tiempo y dificultad de todos estos itinerarios.

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Corniglia

El transporte en coche, no es recomendado, debido a los tortuosos puertos de montaña y el parking de pago situado a la entrada, donde es obligatorio dejar el vehículo y caminar al centro de la localidad.

El recorrido que nosotros realizamos por estos parajes, requirió de un vehículo que alquilamos en el mismo aeropuerto de Florencia, al que llegamos desde Madrid. Y, sinceramente, no fue mala elección. Indicar, que visitar estas cinco maravillas en un solo día, tal y como algunas agencias de viaje proponen, es en nuestra humilde opinión, agotador y poco placentero. Se necesita energía para recorrer las empinadas pendientes y se requiere buena forma si queremos disfrutar de bonitos rincones. Además, el equipaje ha de ser ligero, ya que trasladarse con peso, puede suponer un suplicio y, dejar por este motivo la visita de puntos de interés.

Proponemos hacer una combinación de transporte, que a nuestro parecer, nos resultó perfecta, eso sí, dedicamos dos días a recrearnos y pernoctar en la zona.

Nuestra aventura tuvo su punto de inicio en Florencia, tal y como hemos mencionado, tras el alquiler de un vehículo en el mismo aeropuerto, nos dirigimos a uno de los pueblecitos de las Cinque Terre, Manarola. Es, el segundo desde el sur después de Riommagiore. En Manarola instalamos nuestro campamento base, y a partir de esta ubicación, una vez bien aparcado el coche, nos desplazamos en transporte público. Tardamos en llegar aproximadamente una hora y media, transitando por autopistas muy bien señalizadas.

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Manarola

Nos instalamos en un bonito apartamento en la parte más alta de Manarola con terracita y unas vistas espectaculares. Este último requisito no es difícil dada la disposición escalonada de las construcciones y merece la pena. Comentar, que no existen grandes hoteles, hecho que preserva la naturalidad de este lugar.

Lo más difícil fue el acceso a  la vivienda, a la que no llega el vehículo, con el equipaje entre el empedrado, la pendiente y las escaleras, pero cualquier fatiga compensa por el espectáculo que estas localizaciones ofrecen. Manarola se quedó a nuestros pies en una vertiginosa vista en la que las casas de distintos tonos se aglomeran una sobre otra. Están rodeadas de verdes laderas de labranza por donde asoma el mar, que parece comenzar en un puerto diminuto. No hay palabras que describan este mosaico paisajístico.

Un torrente de agua atraviesa el pueblo, ocultándose y asomándose entre las rocas. En la parte más alta se encuentra la plaza de la Iglesia de San Lorenzo, patrón de Manarola, que data del s.XIV y la de Torre de Vigilancia donde se instaló el campanario. En la calle principal, la “Via di Mezzo”, se encuentran restaurantes, bares y tiendas de artesanía. En los jardines de algunas viviendas asoman los limoneros y huertos frutales.

Pasamos por varias tiendas de productos típicos, donde, además del vino, destacan los botes de salsa pesto y otros productos como las anchoas. Como pilares básicos de su economía, Manarola sigue tradicionalmente con pesca y la viticultura.

Topamos con el túnel que conduce a la estación de tren donde además de la oficina de turismo, se inicia el  sendero que conduce al pueblo de Riomaggiore,  la famosa “Via del amor” que ya hemos mencionado anteriormente.

Dormir en Manarola es una de las mejores opciones de Cinque Terre. Los apartamentos son casas del pueblo convenientemente reformadas. Es un lugar tranquilo donde una vez que los turistas se han marchado, recupera su día a día, en el que en la plaza se escucha el griterío de niños, en el puerto los atareados pescadores y en el que reina la belleza del mar y la de tiempos pasados.

Este pueblo no tiene playa de arena, pero cuenta con una hermosa piscina natural de azul intenso que invita al baño. Visualizamos un sendero que sube del puerto pegado a la roca, es el camino a Corniglia, en el que avistamos la terraza del restaurante Nessun Dorma, donde saborear una cocina hecha de productos naturales o tomar un cocktail en un lugar estratégico. Desde la Trattoria El Billy,  ubicada en la parte más alta de Manarola y en medio de la montaña rocosa, obtenemos asimismo unas buenas panorámicas a la par que degustamos una deliciosa gastronomía casera.

Ambos restaurantes están muy solicitados por lo que hay que hacer reserva previa.

Cerca del puertecito, el restaurante Il Porticciolo, es también un buen sitio para relamerse con unos espaguetti al fruti di mare, un tiramisú y paladear el vino Cinque Terre. Manarola nos ofrece el Cinque Terre blanco y el Cinque Terre Sciacchetrà, un vino de postre, dulce. Aunque el tinto también nos deja muy buen sabor de boca.

Terminamos el día satisfechos con nuestra elección, y con una espectacular puesta de sol en un pequeño apeadero, desierto a esas horas, donde atraca habitualmente el ferry.

Nuestro segundo día comenzaba con el sonido de las gaviotas como despertador. Nos pusimos en marcha a realizar el recorrido a Riommagiore caminando,  pero tras una bonita y corta vía, nos topamos con una puerta cerrada,  la “via del amor” estaba clausurada por desprendimientos.

Así que, desde la misma estación, que es de donde parte esta vía, tomamos el tren a Riommagiore. El billete nos costó 4 euros, y en 10 minutos estábamos en el centro de este pintoresco pueblo, bastante más grande que Manarola, con sus casitas color pastel y de nuevo, situadas en varios niveles.

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En Riomaggiore la estación de tren queda en la parte inferior. Una bonita imagen se obtiene al  descender por el embarcadero, donde se puede contemplar el pueblo de coloridos edificios, acoplados minuciosamente en la montaña rocosa. Una calle, que para ser principal es bastante estrecha, serpentea el promontorio en la que destaca el Castillo de Riommagiore construido en 1260.

Después de deleitarnos con esta estampa, comenzamos la subida en la que tabernas, establecimientos de comida, casas de alojamiento, tiendas de productos locales, vino, limones, mermeladas y souvenirs, se disponen a ambos lados de la avenida, que es bastante inclinada pero distraída. En lo que parecía ser el final nos desviamos por una callejuela que nos condujo hasta la Iglesia de Sangiovanni Bautista de estilo neogótico y que data de 1340. Las vistas desde este punto son, de nuevo, espectaculares. Continuamos el recorrido hasta dar con El Castillo al borde de un barranco.

Supuso una forma de llegar bastante cómoda, ya que también se puede subir al Castillo por un lateral desde el embarcadero, con empinadísimos e incómodos escalones. Y, resultó ser por este lado, por donde bajamos, cruzándonos con algunos turistas que subiendo, no veían el final de esta cansada escalinata. En este camino hay un sendero panorámico que se adentra al mar. Uno de tantos rincones escondidos.

Nos dirigimos a la Marina, donde decidimos comprar los billetes para coger el ferry al extremo norte, Monterroso al mare. Lo maravilloso de este trayecto, que duró aproximadamente 45 minutos, es que entra a dejar y recoger pasajeros en de todos los pueblos de las Cinque Terre (excepto Corniglia), dejándonos espectaculares imágenes difíciles de olvidar. El ferry es una buena forma, aunque menos rápida que la ferroviaria, de trasladarse.

La salida de Riomaggiore fue preciosa y es una de las fotografías más populares de las Cinque Terre, sin desmerecer en ningún momento la llegada y la salida de Manarola, Corniglia, que se divisa desde el agua, Vernazza y Monterroso al mare.

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Monterosso

Monterroso al mare es el pueblo más grande y también el más turístico. Está provisto de más servicios, hoteles y playas. Se divide en dos partes por un enorme peñón que sobresale al mar. Ambas partes se comunican por un túnel. En un lado está el casco histórico y en el otro, una bahía hotelera presidida por la estatua de “Il Gigante”, símbolo de Monterroso. La estatua, en mitad de la roca,  representa al dios Neptuno y pertenecía a la terraza de una villa, hoy en día inexistente. La parte de la bahía permite el acceso de vehículos.

Como en todos los demás, el casco antiguo es peatonal, con callejuelas por las que perderse y que nos ofrecen de nuevo los productos de la localidad. Tomamos un descanso en una taberna donde dimos cuenta de los embutidos de la tierra y un sabroso pulpo.

Visitamos la iglesia de San Giovanni Battista (que data de 1282) y la iglesia de San Francesco. En la loma que divide la localidad se encuentra la Torre Aurora construida en el siglo XVI desde la que se contemplan unas nuevas y magníficas vistas.

Nos hubiera gustado tener más tiempo para darnos un baño en las cristalinas aguas de sus playas, pero una vez en la estación de Monterroso nos subimos al tren camino a Vernazza.

Coronado por la torre Belforte, Vernazza nos encantó, es uno de los pueblos más bellos y auténticos. Nos recibe una plaza abierta al mar con un muelle y una pequeña playita. En cuanto la arena acaba, la disposición de  las rocas forma piscinas naturales de aguas de azul intenso y en las que se derrama un torrente de agua dulce en forma de cascada. Otra bella imagen para recordar.

En la plaza se esparcen heladerías y sitios para tomar algún tentempié mientras se disfruta del ambiente y sus alrededores. En los muros de una peña en forma de torre asoman sombrillas, son terracitas de algún restaurante. Da la sensación de estar incrustadas.

La iglesia de Santa Margherita di Antiochia, patrona de la localidad no pasa desapercibida en el lateral izquierdo de la gran plaza. De estilo gótico se construyó en 1318. El interior es bastante sobrio, en el lado opuesto al altar, un balcón nos permite volver a ver el mar.

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Monterosso

Si nos quedan fuerzas, merece la pena subir al Castillo Doria por sus grandes vistas.

Al atardecer, después de llevarnos algunos recuerdos, emprendimos el camino a la estación para volver a Manarola. Llegamos sobre las 20:00h con tiempo suficiente para no perdernos la bellísima puesta de sol, tomar algo en el restaurante del embarcadero y prepararnos para el día siguiente. El plan consistía en ir en coche a Corniglia, situada en lo alto de una colina y sin acceso al mar. Una vez visitáramos Corniglia, regresaríamos a Florencia.

De Manarola a Corniglia hay 23 kilómetros de distancia y la carretera es bastante sinuosa y muy estrecha en algunos tramos ya que serpentea por el interior del parque.

Desde el vehículo distinguimos la estampa del pueblo de casitas de colores sobre la cima del un montículo como exhibiéndose al mar. Un lugar muy hermoso y como madrugar ayuda, pudimos aparcar relativamente cerca del centro.

Corniglia se asienta sobre una rocosa elevación y es único pueblo de las Cinco Tierras que no tiene contacto con el mar. La estación de tren se sitúa a los pies de la localidad y se accede al casco antiguo por una gran escalinata de 377 escalones. También se coger  un autobús que con frecuencia realiza el trayecto desde la propia estación. Lo ideal es subir en autobús, y bajar por las escaleras para no perderse el paisaje al descender, ya que quita la respiración.

De nuevo las construcciones se sitúan en la falda de la colina rodeada de olivos y viñedos. Recorriendo sus estrechas y adoquinadas calles, algunas terminan en los acantilados. En las lomas se aprecian numerosos senderos que nos ofrecen un panorama asombroso. En la plaza visitamos la Iglesia de Santa Caterina y la Parroquia de San Pedro y de nuevo, Corniglia nos invitó a perdernos a descubrir espacios recónditos y solitarios.

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Riomaggiore

SENDERISMO EN CINQUE TERRE

El Parque de Cinque Terre ofrece a los visitantes una red de caminos que enlazan las cinco localidades y nos muestra un paisaje inolvidable de colinas, playas, bosques, olivares y viñedos. Se trata de una de las zonas más bellas de senderismo en Italia.

Existen rutas cortas y fáciles, y otras que no lo son tanto, pero están adaptadas para los visitantes. Las rutas son cortas entre los pueblos, así, entre Monterosso y Vernazza el tiempo del recorrido es de 1 hora y 30 minutos, al igual que entre Vernazza y Corniglia. Entre Corniglia y Manarola es de 1 hora y entre Manarola y Riomaggiore (la via dell’amore) 30 min. La ruta más famosa es la llamada Ruta Azul que conecta a los 5 pueblecitos con un recorrido de 12 km, dura unas 5 horas con un desnivel de 500 metros.

Recomendamos e insistimos en que antes de iniciar cualquier recorrido debemos informarnos en la oficina de turismo que, además de mapas, nos informen de cómo se encuentran estos itinerarios, ya que, tal y como nos sucedió a nosotros, la Via del amore, estaba cerrada por derrumbes.

Casi sin darnos cuenta, nos llegó el momento de regresar a la grandiosa Florencia, la ciudad del arte…..pero ésta… forma parte de otro viaje…..

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Vernazza

Nos encanta Italia y sus gentes. Nos sucede, que cada vez que viajamos a este país vecino, nos sentimos realmente como en casa. Nunca habíamos oído hablar de “Cinque Terre” y el bellísimo parque natural que las rodea. Tenemos la sensación de haber descubierto lugares genuinos, preservados…. en parte debido quizá a su aislamiento en tiempos pasados, y, donde todavía parece que quedan rincones por conquistar…

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