Drones

Cada vez más, los drones se están convirtiendo en un descubrimiento casi celestial, para muchos freakes, para los no tan freakes y, sobre todo, para muchas empresas a las que se le ha abierto un mundo de posibilidades para explotar y rentabilizar por sus múltiples funciones. 

Como maná caído del cielo 

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Para muchos de nosotros parece que los drones nacieron ayer y no paran de crecer. Pero estas naves teledirigidas llevan años planeando y si no se ha sabido más antes de ahora es porque se ha estado experimentando con ellas a nivel militar en zonas de conflicto. Pero ya sí son una realidad palpable y parece que su desarrollo es continuo y nos va creando nuevos escenarios sin casi darnos tiempo a pensar en qué será lo siguiente: drones que nos traen imágenes de la destrucción en Siria o imágenes de la Tierra allí donde no lo ha podido conseguir la NASA con los satélites, drones para buscar personas perdidas en las montañas o en zonas de desastre, drones para hacer cartografía, para fumigar o para hacer labores humanitarias, drones que registran el comportamiento de los animales en áreas naturales o que detectan tiburones o posibles incendios, y drones que, con fines menos éticos, están llevando paquetes y drogas a las cárceles o están haciendo labores de todo tipo de espionaje. 

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Empresas de todo el mundo andan trabajando en prototipos más asequibles al consumidor en precio y con funciones a las que se les pueda encontrar una utilidad práctica que vaya más allá de ser unos juguetes teledirigidos. A nivel comercial, los drones están dando muy buenos resultados para todo lo que sea la fotografía o grabaciones de películas desde el aire, ya que la mayor parte de ellos llevan una cámara incorporada capaz de bajarte a la retina todo lo que captan a vista de pájaro. Y cuando digo cualquier cosa es precisamente su pampaneo por el aire sobrevolando zonas privadas y ofreciendo imágenes privadas el que ha llevado a los gobiernos a empezar a controlar los vuelos de los drones. El espacio aéreo por debajo de los 120 metros estaba sin legislar y cada gobierno anda haciéndolo con el suyo. En España, sólo desde hace poco más de un año existe legislación concreta sobre los drones. Para la Agencia Estatal de Seguridad Aérea (AESA), dependiente del Ministerio de Fomento, existen unos requisitos comunes que deben cumplir quienes piloten un dron, ya sea para uso profesional o lúdico: está prohibido volar en zonas urbanas o pobladas, ni donde haya aglomeraciones como procesiones, conciertos, bodas, playas o parques; no pueden superar los 120 m de altura, ni volar de noche ni a menos de 8 km de aeropuertos, aeródromos o helipuertos, ni en zonas de vuelo para parapentes, ultraligeros o paracaidismo. Las multas por incumplimiento de esta normativa están entre los 60 y los 225.000 euros para personas físicas y entre los 4.500 y los 4,5 millones de euros para personas jurídicas. Para uso profesional, se debe estar registrado en AESA y tener conocimientos de pilotaje. Para uso lúdico o deportivo no, pero en ambos casos, quienes operen con el dron son responsables de su uso y de los daños que pueda ocasionar. 

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Parece que esto sólo acaba de empezar y que lo que nos queda por ver no es poco. Por ejemplo, se está trabajando en drones que llevarán Internet a zonas donde no ha llegado nunca o drones para prever terremotos o evitar la tala de árboles en el Amazonas. Más avanzados están los drones que está preparando Amazon para entregar los pedidos en casa de lo clientes. Despegarían y aterrizarían verticalmente aunque mientras estuvieran en vuelo se pondrían horizontales para ir más rápido y entregar los artículos en 30 minutos. 

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