Julio 02, 2022

PAROS Y ANTIPAROS, la tranquilidad y la esencia del Egeo Destacado

En el centro del archipiélago de las Cícladas y a medio camino entre las afamadas Santorini y Mykonos se encuentra la isla de Paros. Una parada a considerar en el tour por las islas griegas, que al ser menos conocida y fuera del turismo de masas, goza de la autenticidad de sus pueblos y paradisíacas playas.

Por Nuria Araguás y A.B.S. 
Fotos:  ©evasiondiez

Paros es la tercera isla más grande de las Cícladas y cuenta con 118 km de playas de todos los tamaños. Conocida entre los amantes de los deportes acuáticos, especialmente windsurf, kitesurf y buceo, es un destino de belleza incomparable de largas ensenadas de arena, aguas cristalinas y encantadores pueblos tradicionales. Posee dos grandes y atractivos puertos naturales, el de Naoussa y el de Parikia.

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Conocida por su preciado mármol blanco, en el pasado, Paros constituyó el centro administrativo y de comercio del mar Egeo, en el que muchos conquistadores dejaron su huella. Posee ruinas de yacimientos arqueológicos, así como importantes monumentos históricos. En 1207, Paros pertenecía al Ducado del Egeo y en 1537 pasó a manos de los otomanos.

Separada por un estrecho canal, se encuentra la isla de Antiparos de playas arenosas y parajes abruptos. Es conocida por tener la única cueva natural de estalactitas y estalagmitas de todas las Cícladas. 

Se puede llegar a Paros en avión desde Atenas, o en ferri desde alguna de sus islas vecinas. Después de cuatro días en Santorini, cuyo reportaje podéis ver en el número anterior, y desde el Puerto de Athinos, tomamos el ferri rápido a la isla de Paros. Tardamos 3 horas y media en llegar al Puerto de Parikia, la capital.

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Previamente en www.letsferry.com organizamos el viaje planeando los trayectos entre las islas elegidas. En caso de conexiones, aconsejamos hacerlo con suficiente intervalo de tiempo, a causa del retraso que pueda sufrir algún trayecto, debido a la mala mar, tal y como nos ocurrió de Paros a Atenas, perdiendo el vuelo a Madrid y dejándonos (para nuestro gozo), 4 días en la bellísima e interesante capital griega.

Como indicamos el Puerto de Parikia, es uno de los atractivos de la isla y lo primero que vimos al llegar a Paros. Una vez recogimos el coche de alquiler, nos dispusimos a visitar el casco histórico por donde discurre parte de la vida de la ciudad. Las calles adyacentes al puerto de este clásico pueblo cicládico, son un entramado de calles blancas, puertas color añil y cúpulas azules de las pequeñas ermitas perdidas en sus callejuelas, alternándose con preciosas iglesias bizantinas. Perderse por Parikia es una de las mejores cosas se pueden hacer. Descubrimos bonitos rincones, de cúbicas casas encaladas en blanco entre las cuales se vislumbra el mar, así como tiendas de artesanía, de gastronomía local, ropa, souvenirs, numerosas tabernas, restaurantes y cafeterías. 

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Callejeando llegamos a uno de los imprescindibles de Parikia, la iglesia bizantina de la Virgen Katapolianis, del siglo IV d. C. uno de los monumentos paleocristianos más importantes de toda Grecia, que sorprende por la edificación de piedra y techo de tejas, en contraste con la arquitectura cicládica. En la parte alta de la ciudad se halla un castillo veneciano del s. XIII y una torre defensiva de mármol reutilizado de un templo antiguo, desde donde se obtienen unas buenas vistas. También resulta interesante el Museo Bizantino, El Museo Arqueológico o la necrópolis de la ciudad antigua con tumbas del siglo VIII a.C. 

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Después de un pequeño recorrido por el admirable paseo marítimo, en el que destaca un flamante molino de viento, nos dirigimos al norte de la isla, al Contaratos Beach Hotel, en Naoussa, donde estábamos alojados. El hotel se encuentra en una zona muy apacible en primera línea de la Playa de Agioi Anargyroi, que es ideal para los que buscan un poco de relax. Lo primero fue disfrutar del baño en sus aguas cristalinas. Un bonito paseo por la arena nos lleva al final de la playa donde un diminuto puerto natural alberga algunas barcazas. Caminando por el llano acantilado, las rocas crean piscinas naturales de aguas turquesas. Desde este punto se obtienen bellas fotografías de Naoussa, un antiguo pueblo de pescadores que, aunque se ha vuelto un poco turístico, todavía mantiene su autenticidad. 

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Nos dirigimos a la Playa de Kolimbithres, una playa muy cercana que hay que conocer. La carretera hasta la playa discurre prácticamente pegada al agua, dejándonos bonitas imágenes del litoral. Se trata de una playa peculiar al presentar extrañas y originales formaciones rocosas. Las de gran tamaño, como si de esculturas gigantes se tratara, dividen la costa formando pequeñas bahías naturales protegidas de las corrientes y del viento. Aguas cristalinas y poco profundas se hallan cercadas por enormes cantos rodados y peñascos esculpidos que asemejan una exposición de obras de arte sobre la fina arena. El paisaje parece sacado de otro mundo. Llegamos con los colores del atardecer, lo que resultó asimismo mágico. Sin apenas gente, y de cala en cala, cada cual más idílica, nos recreamos de la fotografía que ofrece el lugar. Siempre de fondo, el pueblo de Naoussa.

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En la zona central de esta área, se ofrecen actividades acuáticas, como buceo y alquiler de kayaks. Es de suponer que en temporada alta los sitios más cómodos se ocupen enseguida. Localizamos atractivos chiringuitos y restaurantes escondidos, que disponen de hamacas y sombrillas a pie de la fina arena. Es un lugar muy singular. 

Cenamos en Naoussa, un pueblo tradicional marinero que se ha convertido en un lugar de moda. Es conocido como el mejor sitio de la isla para ir de compras y disfrutar de buenos restaurantes. De día es muy tranquilo, pero de noche se transforma con animadas terrazas junto al mar. 

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Aparcamos en el mismo puerto, en el que se alinean las clásicas tabernas griegas frente a los barcos amarrados. En un tenderete, colgaba una ristra de pulpos secándose al sol. Al fondo, tras los muelles, se alza una antigua fortaleza medieval de piedra. En los barcos, los pescadores desenredaban redes y aparejos. El sonido de los mástiles y ondear de las banderas griegas, con los colores de la puesta de sol, lo hacían entrañable y pintoresco.

Al anochecer empezaron a aparecer tenues luces, sillas, butacas y mesas adorablemente ataviadas, que los locales de restauración y las tascas comenzaban a instalar por todos los rincones. En torno a los fondeaderos el ambiente se vuelve adorable y acogedor, a la luz de velas y candiles. 

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Frente a una ermita, en una pequeña plaza con luces de verbena el Restaurante Barbarossa abría sus puertas. Tras una esquina, un tablón de madera con varios bancos se halla sobre el agua. En un recoveco de casitas blancas y balcones de flores, en el que se adentra el mar, nos sentamos a contemplar la serenidad y belleza que nos rodea, frente a graciosas barquitas multicolores mecidas por las olas.

Fue difícil elegir el sitio para cenar, ya que todos y cada uno de los locales eran apetecibles, pero el viento nos guio a una resguardada esquina de mesitas azules y farolillos con una bonita vista al puerto. He de comentar que las tabernas griegas, aunque suelen ser más económicas que los restaurantes, se come muy bien. Los locales de restauración del puerto en su mayoría están especializados en platos de pescado fresco y marisco al más puro estilo griego. El pulpo a la brasa fue un auténtico manjar.

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Después de la cena en esta mágica noche de verano, recorrimos Naoussa, un laberinto de calles empedradas que es puro entretenimiento. De nuevo, la atractiva arquitectura cicládica típica de las islas. Casitas encaladas en blanco con puntos de color en puertas, balcones y ventanas. Si añadimos el gusto por los sutiles detalles con el que se presentan tiendas, boutiques, bares, restaurantes y tabernas, encontramos uno de los lugares más fotogénicos de la isla. Descubrimos pequeñas ermitas abiertas que ofrecen recogimiento a la luz de las velas en medio de la vistosa avenida. La disposición de sillas en la entrada de las viviendas, indican puntos de reunión de los vecinos. Continuamos por una estrecha y sinuosa calle adoquinada con varios locales de copas hasta alcanzar la Catedral, iluminada sobre la colina y que ostenta el perfil de Naoussa, que se observa desde varios puntos del litoral. Regresamos por un camino distinto, confluyendo en una placita arbolada en la que se acomodan mesas y se disfruta de un alegre ambiente, la vida nocturna se abría paso…Naoussa, es un imprescindible, combina lo más moderno con lo más tradicional. Un lugar inspirador que recomendamos visitar a ser posible al atardecer….

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El tercer día visitamos Lefkes, la antigua capital de Paros. Un bello pueblecito situado entre montañas en el centro de la isla. Según íbamos aproximándonos descubríamos el hermoso panorama:  sobre una dorada loma, sobresalía un antiguo molino que parecía sacado de un cuadro y al sur de la ladera de casitas blancas, destacaba una imponente Catedral con dos campanarios. Continuamos la carretera hasta lo más alto de Lefkes, dejando el vehículo en un aparcamiento gratuito en lo más alto del municipio. 

Exploramos las estrechas callejuelas encontrando escenarios que parecen sacados de la película “Mamma Mía”. Puertas y ventanas de intenso azul sobre el blanco impoluto de muros y arcos, que conectan pasajes rodeados de flores. La empinada calle se abre a una pequeña y hermosa placita donde un café tiene desplegadas unas mesas entre arcaicos balcones. Es encantador. Disfrutamos mientras tomamos café y de la paz que se respira y de los agraciados gatos que posaban en poyetes y escaleras que se llevaron por supuesto más de una foto. 

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Poco después alcanzamos la Catedral construida en 1835. En su interior descubrimos impresionantes techos y un paisaje exterior panorámico. Hay que rodearla para reparar en las espectaculares vistas. Al volver por diferente camino localizamos nuevos pasadizos de blancos arbotantes y sugerentes rincones donde se instalaban tiendas de artesanía y sugestivos restaurantes. Sin duda es uno de los pueblos más bonitos de la isla y otra parada ineludible.

Tras la visita a Lefkes decidimos recrearnos en alguna de las playas de Paros. En Golden Beach, una playa abierta al Egeo llamada así por el color dorado de la arena nos dimos un baño reparador. Ofrece una variedad de actividades como windsurf, snorkel y buceo.

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Paseamos por la playa de Funda Logaras, una playa de fácil acceso, con arboleda para refugiarse del sol. Y, por último, puesto que el tiempo no daba para más, llegamos a Piso Livari, otro pintoresco pueblecito donde comimos y estuvimos hasta bien entrado el atardecer. Muy aconsejable el Restaurante Halaris Fish Tavern (Halaris Ouzeri) situado en el pequeñísimo puerto, en el que disfrutamos de la cocina griega y el pescado a la parrilla capturado en el día. Si tenéis la fortuna de pasar por este lugar, no dejéis de probar las gambas baby fritas y las anchovies (boquerones), dos platos deliciosos, que, junto al selecto postre de yogurt, el servicio y amable personal, nos dejó un placentero recuerdo.

En la pequeña bahía, en el Chiringuito Remezzo, con mesas a pie de mar y sin apenas gente, volvimos a deleitarnos de otro buen baño en aguas cristalinas. El lugar perfecto para finalizar tan increíble y provechoso día.

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Nuestro último día en Paros, se lo dedicamos a la isla vecina de Antiparos. Para realizar esta excursión nos dirigimos al pueblo de Pounta, desde donde sale el ferri. Tras de esperar una pequeña cola de coches, subimos el vehículo para poder recorrer la pequeña isla libremente. Este trayecto se realiza con frecuencia, no resulta caro y se paga una vez has subido. En diez minutos de agradable travesía, acompañados en la lejanía por numerosas cometas de kitesurf, alcanzamos Antiparos, conocida por la cueva natural que la hace única. Esta cueva se halla situada en el centro de la isla, y desciende 411 escalones con mucha inclinación. La subida resulta un tanto dura, pero las fascinantes estalactitas, estalagmitas y las formaciones únicas hacen que merezca la pena, si disponemos del tiempo necesario. Al encontrarse en la cima de una loma, ofrece unas vistas espectaculares.

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Las playas de Antiparos son vírgenes y salvajes. En la Playa de Soros, encontramos hamacas y sombrillas y nos recrearnos del baño en aguas turquesas. Seguidamente, dimos un grato paseo por la Playa de Sostes y nos dirigimos  a visitar la Cala de St. George, que, aunque no nos bañamos, fue la que más nos gustó. Está situada en torno a una bonita ermita donde las rocas han creado lagunas de aguas turquesas. El paisaje es agreste. En la parte opuesta encontramos una pequeña bahía de arena. Es una maravilla.

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Y por último recorrimos el casco antiguo de Antiparos, que es una preciosidad, en las que las estrechas calles finalizan en los vestigios de un castillo veneciano que se encontraba en restauración. A ambos lados de las calles adoquinadas, se disponen casitas de cortas escalinatas con barandas de madera color pastel, que ascienden a la puerta principal de las viviendas. Al igual que las ventanas, se hallan repletas de buganvillas. Mientras paseamos, los graciados gatos campean como cualquier habitante de la isla y son muy bien atendidos por los vecinos. La calle peatonal estaba tranquila y apenas encontramos gente. Quizá la fecha elegida para este viaje haya sido todo un acierto. Nos internamos bajo arco que nos conduce a los restos de piedra de la construcción veneciana completamente dispar con la cuadradas y blancas estructuras de los hogares de Antiparos.

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Nos refrescamos degustando un delicioso helado en una terracita techada de vegetación. Antiparos es otro típico pueblo cicládico que nos fascina y nos deleita con nuevos y cautivadores rincones. 

La isla griega de Paros se merece al menos 4 días para conocer sus pintorescos pueblos, relajarse en su entorno de ensueño y disfrutar de las idílicas playas. Si puedes inclúyela en tu viaje por las Islas Griegas.

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